Acerca de la Revolución

¿Qué es una revolución?

cuba_monument_held_bronze_statue_statue_equestrian_figure_hero_santjago_de_cuba-729738.jpg!dLa mejor definición que conozco dice que es un proceso de cambio que afecta a una sociedad en la que ya no son operativos los mecanismos de la misma que regulan los cambios, y que se da cómo resultado de la lucha entre clases sociales antagónicas.

Muchos creemos que el camino hacia una revolución pasa por la acción política dentro de las instituciones que posee la institucionalidad política burguesa, esto es, dentro de los mecanismos de la democracia liberal. Ahora bien, la misma supone mecanismos institucionales para que el cambio se realice. Cosas como los mecanismos de refrma constitucional. Muchos también nos preguntamos hasta dónde será posible transitar este camino.

En cualquier caso, entiendo que transitar el camino de la acción política institucional es el deber ser de la actividad política de alguien que quiere un cambio en una democracia liberal en la que existe voto universal y garantías básicas. ¿Porqué? Porque tal forma de accionar es la que se corresponde con la posibilidad de extender la lucha a las masas populares y no restringirlas a grupúsculos que se creen iluminados y que pretenden una toma del poder a efectos de luego desde la cúspide hacernos a todos participes de la verdad a ellos revelada.

La verdad no es una construcción. No es algo que se hace de pedazos. La verdad es una producción. Es algo que se hace transformando lo que es.

Así pues, el trabajo político que conduce a un crecimiento de las posturas políticas revolucionarias es el único camino que lleva a una masificación tal que la revolución pueda ocurrir como un evento en el que las masas populares vertebradas en los político y social en sus organizaciones propias, puedan finalmente apropiarse del curso de los acontecimientos.

Pero… ¿qué pasa al acercarnos a tal punto?

Lo que pasa es que las clases dominantes han armado a esta sociedad para que sirva a sus intereses. Sea que se trate de una dictadura fascista o se trate de una democracia liberal, dejando de lado el análisis formal de la organización política, tenemos que existe un análisis conceptual posible. ¿A quién sirve el aparat político en un momento dado, quién se apropia de la riqueza legitimado por el mismo y con su protección? Cuando estamos en una sociedad capitalista, estaremos en una Dictadura de la Burguesía, y si se está viviendo en el socialismo, en una Dictadura del Proletariado.

Nótese de nuevo que no hablo aquí de la formalidad demcrática o dictatorial. Una sociedad democrática formalmente perfecta siempre será o una Dictadura de la Burguesía o una Dictadura del Proletariado. Y lo mismo puede decirse de cualquier dictadura.

Ahora bien, cuando la Dictadura de la Burguesía peligra, entonces la propia burguesía comienza a mover sus piezas para intentar detener los avances populares. Utiliza primero los mecanismos políticos intentando evitar los triunfos populares. Pone en juego desde dentro de la propia institucionalidad su poder para ganar, apoyándose en servicios publicitarios impagables para el campo popular, o diferentes tipos de articulaciones con los medios que surgen de que ellos son los dueños de los medios.

Si todo eso falla, siempre pueden dar un viejo y querido golpe de estado. Cosa que supone una ruptura sólo parcial de las instituciones que regulan el cambio, y por lo tanto no califican como revolución.

Y si ello falta, pueden crear una contrarrevolución con toda la regla. Un movimiento con una base de apoyo social, articulación internacional, una idelogía práctica fasistizante pero una afirmación textual que puede ser cualquier cosa -liberal, religiosa, unificadora, localista, indigenista, etcétera-, y una proyección de la elaboración ideológica del momento que se desdarrllará demonizando al movimiento hacia la revolución.

Esto último es justamente lo que está pasando en Venezuela.

Cuando un proceso de avanza hacia el socialismo se ve confrontado a una instancia en la que se desarrolla en su contra un movimiento contrarrevolucionario en toda la línea, pues entonces es el momento de apretar el acelerador. En la actual situación Venezolana sin duda deben profundizarse las acciones revolucionarias, para dentro de la Democracia formal, que nunca se ha abandonado, llegar de una buena vez a la Dictadura del Proletariado.

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Y el dolor de ya no ser

Museo_del_Prado_-_Goya_-_Caprichos_-_No._43_-_El_sueño_de_la_razon_produce_monstruosEn distintas conversaciones informales, tanto en persona como por Facebook, he sostenido reiteradamente que los reclamos referentes a la corrupción y las apelaciones a la indignación política son propios de posiciones políticas fascistas. Por un lado porque la apelación a la indignación implica una intención de edificar la política en el territorio de la emoción, desplazando a la razón a un lugar nefasto. “El sueño de la razón produce monstruos”, reza el grabado de Goya. Eso lo tomo en el sentido de que cuando la razón descansa, los monstruos aparecen.

Si bien la exacerbación última de la razón, eliminando el lugar de las emociones y suprimiendo la consideración de todo lo irracional en nosotros es un camino que transita hacia los peores abismos, la sustitución de la razón por la emoción no es menos dañina. El proyecto ilustrado suponía esa hegemonía de lo racional. El proyecto romántico suponía esa hegemonía de los monstruos. La razón conduce a la relativización que conduce a la justificación de cualquier atrocidad. Y la irracionalidad pura realiza la atrocidad por el mero placer de la misma. La razón condujo en la historia los trenes a Austchwitz, y la irracionalidad puso en funcionamiento la cámara de gas.

La búsqueda y el hallazgo de una síntesis no está dada por algún mágico punto medio, sino por la comprensión de que la irracionalidad debe ser el combustible en el que nos nutrimos, pero que la razón es necesariamente el timonel que obediente rige la barca. Lo contrario a la secuencia Ilustración a Romanticismo -que lleva al fascismo-, es la secuencia Romanticismo a Crítica -que conducirá al socialismo.

Así pues, la apelación constante a la indginación en política, y a la acción a partir de tal movimiento de lo emocional no conduce de modo ninguno a un momento más positivo.

Igualmente, la transformación de la corrupción en argumento político sólo puede entenderse como una práctica fascistizante. Recuérdese cómo en el 73 los comunicados inaugurales del “Proceso” reclamaban para sí la condición de probos y buscaban desterrar la “corrupción”. Cosa que compartían según recuerdo con algún material del MLN-T que incurría en el mismo disparate. El de la sustitución de la política por la ética. También en tiempos recientes, el hace algunos años fallecido Helios Sarthou dijo en algún momento -según me fué comentado por gente que integraba su grupo político- que la política debía provenir de la ética.

Esto es un disparate a todas luces.

La ética es una parte de la filosofía. La ética es el estudio de cuál conducta debemos tener para tener una buena vida. La política es un práctica social, la que tiene que ver con el manejo del poder en el interior de una sociedad. Toda la filosofía no es sino una disciplina que lo que principalmente hace es producir conocimientos suceptibles de su utilización en política -en el mismo sentido en que la ciencia produce principalmente conocimiento suceptible de ser económicamente utilizable. O dicho de otro modo, siendo la ética una parte de la filosofía, y la filosofía una disciplina al servicio de la política, mal podría ser la rectora de la misma.

La politica es una actividad. En la misma realizamos acciones. Estas estarán según el caso signadas por buscar el beneficio de las grandes masas o el de pequeños grupos. A partir de lo que hacemos en política se hace obvia la necesidad de dotarnos de una explicación para actuar mejor. De allí la reflexión filosófica.

La política parte de nuestra necesidad irracional, que en cierto momento se articula en discursos racionales. Y luego en armonía con el discurso propuesto se produce una explicación ética que conduzca a que si todos obrásemos de ese modo el mundo fuese un lugar mejor para todos.

En tal sentido la política es necesariamente la fuente de la ética, y no su consecuencia.

Los detractores de esta afirmación suelen decir que ello conduce a algún tipo de “el fin justifica los medios”. Nada de eso. Lo que estamos diciendo es que las normas de conducta en un presente -tiempo de los medios- debe ser tal que sólo pueda producir el fin buscado. Algo así como “los medios se justifican en su armonía con el fin”. Que es muy diferente.

Así, buscando una politica basada en la indignación (emoción) y en la denuncia de la corrupción (medios) lo que hacen es privarnos de la auténtica búsqueda política: la de un accionar basado en la razón y en la persecución de los fines últimos de una sociedad mejor. Esa es la trampa de los fascismos.

Ahora bien, al decir esto alguno puede estar pensando que lo que intento es tapar el sol con un dedo y producir un discurso que exculpe a algún que otro impresentable, y hoy, en los últimos días de julio del año 17 del siglo XXI, pensarán que el beneficiario de mis palabras es Raúl Sendic.

Nada de eso.

Lo que digo es que no se puede centrar la política en la discusión ética y en la acción irracional.

Todo ciudadano que comete un ilícito debe ser perseguido por la Justicia de forma eficaz, juzgado y castigado. Ello no debiera convertirse de ningún modo en algo políticamente dudable, jamás debiera tampoco ser escudado por consideración política alguna.

Así pues, si el vicepresidente realizó algo ilegal, deberá la Justicia condenarlo.

E igualmente -y en forma más expeditiva- el tribunal de ética del Frente Amplio debe expresarse, sin medir estúpidas consideraciones que no son políticas, sino de una politiquería alarmante.

Un mejor Frente Amplio, es aquél en el que los que han realizado actos inmorales son expuestos y expulsados.

Una mejor Central sindical, es aquella en la que no se tienen vicepresidentes que dirigen en base a la presión y a prácticas constantemente dudosas en una institución tan turbia y violadora de los Derechos Humanos como es el Inau.

Un mejor Partido Revolucionario, es aquél en el que ni siquiera llegan de suplentes al Comité Central personas cuyo manejo de los fondos públicos no es sino transparente.

Dicho lo cuál, también se implica que un Secretario General de un Partido Revolucionario no debería salir a defender cosas indefendibles.

Decreto anti piquetes: otro acto de traición

Hace un par de días se publicó un decreto del poder ejecutivo ( https://medios.presidencia.gub.uy/legal/2017/decretos/03/cons_min_480.pdf  ) en el que se establece la potestad del Ministerio del Interior para impedir el corte de calles y rutas. Dada las circunstancias del día en que el mismo se publicó, claramente la discusión en las redes sociales lo vinculó con lo sucedido en el desalojo de La Solidaria (un centro cultural manejado por elementos infantilistas de izquierda) y desmanes posteriores que incluyeron un ataque a la sede del Partido Comunista de Uruguay.

Creo que este decreto debe ser leído más allá de esa circunstancia.

El mismo busca preservar algo que sin duda es algo bueno: la libre circulación de los habitantes de nuestro país. Cómo suele suceder en los textos legales está lleno de alusiones a otras leyes y normativa que quiénes no somos abogados podemos leer sin comprender. Tras todo ello indica que el Ministerio del Interior será el encargado de evitar tales interrupciones, dando cuenta después al Poder Judicial.

Pues es en esto que nos tenemos que detener.

Lo primero es comprender que el cuerpo policial no debe -ahora puede- actuar en contra de algún tipo de manifestación sin orden judicial. Se podrá argumentar que los tiempos de muchas cosas exigen premura. ¡Me encanta tal objeción!

Actualmente, con los medios tecnológicos disponibles, un policía puede poner en un teléfono inteligente una video llamada a un juez y éste desde dónde se halle observar la situación para determinar si amerita o no la intervención policial. En caso de que considere que sí lo amerita, sencillamente da la orden, que de darse digitalmente, también hay formas para que esté totalmente autenticada en forma prácticamente instantánea.

Siendo así ¿qué sentido tiene decir que la policía puede actuar y después dar cuenta al Juez?

Esto no se inscribe en la disputa entre el PCU y los lúmpenes que lo apedrearon, ni entre el gobierno y la protesta social. Acá se trata de un enfrentamiento entre la policía y el Poder Judicial.

La policía uruguaya -que ha mejorado muchísimo aunque aún no sea suficiente- es un organismo que está hipertrofiándose, como parte de una estrategia del MPP -o tal vez de una estrategia personal de José Mujica a través de su hombre de confianza, el ministro Bonomi. Tal hipertrofia no hace bien a la policía, y definitivamente no hace bien al Uruguay en su conjunto.

Lo coherente sería separar algunas de las funciones que hoy cumple la policía, las funciones de investigación de los delitos cometidos, y crear una “policía judicial”, dependiente del Poder Judicial y no del Ejecutivo, que tenga a su cargo la investigación de los delitos cometidos y denunciados. La actual policía continuaría con las funciones de vigilancia, preservación del orden, y represión de los actos de delito en curso.

Tal separación permitiría a la policía concentrarse en el ahora, y haría que la “policía judicial” se concentrase en el “antes” y dispusiese de medios técnicos y personal cualificado, civil y con formación terciaria, para sus investigaciones de lo que ocurrió.

Así cómo esta separación no se encara, se refuerza a la policía constantemente y ahora se le da el poder de reprimir sin orden judicial para hacerlo.

¿A quién?

Pues a manifestaciones sociales que utilicen el corte de calles y rutas. Es el tipo de medida que típicamente se realiza cuando se reclama un semáforo por algún muerto en la interbalnearia, o cuando se reclama contra las picadas en lugares más apartados.

También es el tipo de medida que se usa cuando se está haciendo uso de una protesta gremial, impidiendo el acceso a un lugar de trabajo.

Pero -se me objetará- el decreto deja en claro que los derechos de huelga no pueden ser vulnerados.

Pues bien, al día siguiente a su promulgación dos trabajadores fueron detenidos por un piquete en la localidad coloniense de Conchillas. Represión a los trabajadores por causa de este decreto.

Y acá viene la segunda razón relevante de este decreto. Hace pocos días visitantes de una empresa internacional no pudieron acceder por motivo de medidas sindicales a instalaciones que querían reconocer. Pues bien… ese es el otro, aún mayor, foco de esta situación. Y cómo desalojar un piquete no impida que la huelga sea realizada siempre se podrá argumentar que el derecho de huelga no ha sido vulnerado.

Esto es claramente un decreto que penaliza a los que menos tienen, quitándoles garantías, e impidiendo la protesta social y sindical. Si se hubiese establecido una ágil y digitalmente moderna consulta al juez, pues… en tal caso la protesta social y sindical se vería perjudicada, pero habrían garantías de tipo tal que harían que la aplicación de tal decreto no se pudiese objetar.

Sin embrago se ha elegido una vez más ir contra los trabajadores.

Por eso reitero, este Poder Ejecutivo es un TRAIDOR al Frente Amplio, a sus militantes, a sus votantes y a su rica tradición. Reclamo que todos los integrantes del Partido Comunista de Uruguay en el Poder Ejecutivo presenten su renuncia en forma indeclinable e inmediata.

Y en otro orden de cosas que los comunistas dejemos de hacer acuerdos con los traidores de los trabajadores, llenos de retórica popular, con el MPP y específicamente con José Mujica Cordano.

De todas formas, las formas de protesta social y política de los uruguayos seguirán. Se crearán nuevos caminos. Y hablo de la protesta que busca construir políticamente acumulación y acuerdos, y no de las pedreas de lúmpenes y de los infantilistas que aplauden el comportamiento de los mismos.

De nosotros mismos

El derecho surge de la fuerza.

Tal afirmación suele resultar chocante, pero tras reflexionarla habremos de ver que en realidad es totalmente verdadera. Sin embargo choca con la visión edulcorada que solemos presentarnos a nosotros mismos. Con variantes la versión edulcorada es, “El derecho surge de la justicia”.

Pues no. La justicia es el puerto en al que queremos que el derecho arribe. No su origen.

Toda sociedad humana, y algunas no humanas, tienen normas y formas de autoridad. Pero concentrémonos sólo en las sociedades humanas. Las normas surgen de la autoridad, y la autoridad de la norma. Es un claro caso de un círculo que se retroalimenta.

Históricamente, las sociedades más antiguas aún no poseían un derecho, pero ya tenían reglas, normas. Las mismas solían apoyarse en el uso, o en la creencia en alguna religión. O un poco de ambos. La autoridad era la tradición. Y la tradición estaba dictada y preservada por las normas que garantían su continuidad. Círculo.

Actualmente hay muchas normas que no son el derecho. Por ejemplo, las normas de decoro en el vestir. Las mismas son muchas veces cuestionadas por unos y aprobadas por otros. Las fuentes de tales normas son por un lado la costumbre social, por otro la influencia de los medios, y también la actividad racional de cada persona. La costumbre es la “heredera” de la antigua tradición. Los medios -la moda- son una imposición de algún complejo industrial, la autoridad de la riqueza. Y el propio entendimiento refiere a la fuerza de sí mismo. Todo eso configura un tema en el que varias autoridades dictan las normas del vestir, que a su vez en la medida que resultan exitosas (para el que viste según la costumbre, para el que viste según la moda, o para el que lo hace por su arbitrio, configurando la confirmación social en sus grupos de la validez de las formas de autoridad en que se basan), lo que hacen es confirmar la validez de las borrosas y hasta contradictorias normas del vestir.

¿Qué pasa con el derecho?

En algún momento el derecho surgió como forma de limitar el ejercicio arbitrario de la fuerza por parte de algún poderoso. Sea que el más poderoso quería crear normas para que sus asistentes cumplieran sus mandatos, o fuera que los pueblos quisieran limitar la autoridad despótica, en ambos casos era el objetivo controlar el accionar de la fuerza pública. Limitar la forma en que se podía ejercer la fuerza.

Pero para ello decía lo que se podía y no se podía hacer por parte de la población. Esto es, establecía límites para el accionar de la fuerza genérica popular. La norma limitaba ambas formas de fuerza, y con ello establecía a la autoridad legítima como la forma principal de realización de la fuerza, y la única aceptable en la esfera que la propia norma describe y crea.

Así el Derecho no se constituye en cualquier norma, sino en una norma que se crea en la creación de su espacio. Surge de la fuerza -la fuerza que se limita en la acción recortada del déspota, y en la acción recortada del pueblo (doble negación)- se transforma en la fuerza de la autoridad legítima. Y la acción de fuerza de la autoridad legítima es la que expande el espacio de acción de la norma.

Autoridad y norma, retroalimentándose.

Para producir una justificación del imperio del Derecho, cuyo fin claramente es establecer el funcionamiento social -sea éste justo o injusto- los humanos hemos creado siempre discursos en cada sociedad que hablan de lo justo que es el ordenamiento vigente, o cuando queremos derribarlo, de lo injusto que es, mientras aspiramos a constituirnos en la autoridad para emitir las nuevas normas que reemplazarán aquellas existentes.

La justicia es por lo tanto una condición de justificación del derecho, pero una justificación posterior a la existencia del mismo. Parte de nuestra necesidad psicológica. Cuando hablamos de lo justo y de lo injusto no hablamos sólo de derecho. Hay múltiples justicias e injusticias que van más allá de lo regido por el derecho, que muestran como tal concepto refiere a una necesidad básica de interpretación del mundo. Performa interpretaciones del mundo.

Por eso buscamos mejorar el Derecho -todas las sociedades lo hacen, incluyendo a las que intentan no cambiarlo- para hacer el mundo más justo. Pero si creemos que el Derecho puede hacer más justo al mundo, es porque está dotado de fuerza, siendo que surge de la fuerza, como ya vimos antes.

Todo esto para entender la naturaleza general en la que Autoridad y Norma se manifiestan en el Derecho, y cómo en su realización parte de la fuerza -en otro momento habría que mostrar que dicha fuerza no es sino la fuerza del trabajo, pero eso me llevaría muy lejos en este breve artículo-.

Entonces cuando observamos que una cierta sociedad tiene un Derecho, hay autoridades designadas por y para el mismo, y existen varias formas de entender en su seno qué es la justicia, ¿qué nos dice que se busque alcanzar la justicia en el uso de un Derecho ajeno, mediante autoridades ajenas?

A mí me dice que es una sociedad que ha renunciado a su uso de la fuerza, o que ha aceptado como legítimo el uso de la fuerza sobre esa sociedad por sociedades que le son ajenas. Y que renuncia a la construcción ideológica de un sentido de la justicia que se constituya en finalidad a ser alcanzada por el Derecho.

Durante todo el tiempo que este jucio en Italia tuvo andamiento me callé estas consideraciones porque me parecía que sólo podían ser interpretadas cómo “palos en la rueda”.

Ahora, finalizado el mismo, expreso con claridad que reclamar ante una justicia extranjera lo que no puede reclamarse en la propia justicia es propio de una ideología colonizada que acepta y alaba su colonización ideológica y su subordinación práctica. Que no apunta a tomar el poder para crear un nuevo Derecho que de cabida a la concreción de su entendimiento de lo que es la Justicia.

Y cómo el fallo sólo en un caso fue condenatorio, ahora viene el berrinche.

“Nada tenemos que esperar sino de nosotros mismos” es una frase de Artigas dicha sobre otros asuntos, y que puesta en juego sin más referencia muchas veces puede implicar cosas erradas. Pero esta vez viene como anillo al dedo.


Nota: “Nada tenemos que esperar sino de nosotros mismos”, es parte de una carta de José Artigas a Martín Güemes enviada desde Purificación el 5 de febrero de 1816.

Con un fracaso, millonarios

Uno podría plantearse distintos tipos de círculos en los que una cosa da a otra, y esta remite a la primera. Se trata de sistemas que se retroalimentan. De eso depende la continuidad y aparente estabilidad de diversos fenómenos naturales y sociales -ya que si bien suelen haber desequilibrios que a la larga terminarán interrumpiendo la repetición, es a un plazo tan largo que pareciese que las cosas seguirán igual por siempre.
A dichos círculos los llamamos a veces de viciosos o virtuosos, dependiendo de la valoración que hacemos sobre ellos. En muchos casos será fácil hallar un acuerdo sobre la calificación más adecuada, pero en otros resultará difícil hallar tal acuerdo. Adivino que lo que voy a plantear se topará con esa discrepancia.
Supongamos que la canasta básica para una familia es un cierto valor, llamémosle 100 -como indicando que el 100 por ciento de las necesidades está cubierto. Supongamos también que los adultos de esa familia trabajan en conjunto una cierta cantidad de horas J, tales que son 8 o menos horas por día, nunca más de 6 días a la semana.
¿Existirá alguna razón aceptable para que alguien quiera ganar más de 100 o trabajar más de J? Pues sí.
Alguien puede querer trabajar más de J ya que considera que su trabajo resulta especialmente satisfactorio o es de una gran necesidad para la sociedad. Ambas son cosas que se pueden comprender, aunque en la actual situación en la que los trabajos resultan generalmente alientantes no sea en lo primero que pensamos. Porque nótese que nunca dije que la familia en cuestión recibe 100 porque trabajan J. Simplemente ambas cosas ocurren.
Ahora bien, asumamos que puede existir un caso en que alguien quiere trabajar más que J. ¿Será bueno que lo haga? El exceso de J puede ser bueno, si se maneja con cierta medida. Alguien que se dedica a investigar un nuevo conocimiento, a crear objetos bellos, a atender a personas con necesidades o a producir cosas necesarias brindará más a la sociedad si trabaja más que J. Sin embargo, si el exceso de J es tal que se resiente su tiempo de descanso, su tiempo para compartir con su familia y amigos, entonces el beneficio que se produce, comenzará a compensarse con una insatisfacción personal que a la larga comenzará a deteriorar las condiciones de convivencia.
Por lo anterior podemos concluir que no es bueno trabajar más de J, excepto cuando trabajamos sólo un poco más que J y durante un tiempo limitado. Recuérdese que estamos considerando el caso de una familia que no tiene necesidades insatisfechas.
Ahora bien ¿existirá alguna razón legítima por la que alguien quiera ganar más que 100? También las hay. Alguien podría querer comprar un instrumento musical especialmente caro, hacer una reforma en su casa, tener dinero para un viaje especialmente largo, colaborar en alguna causa que recibe donaciones. Asumo a efectos de esta consideración que educación y salud son cubiertos por el Estado
Ganando un poco más de 100 se podría ir ahorrando para cubrir dichos gastos. Ahora bien, ¿qué pasaría si alguien ganase mucho más de 100? Pues entonces el exceso en lo que se adquiere puede tener dos destinos: se compra más de lo que se necesita, o se acumula el excedente. Si se compra más de lo que se necesita se habrá mal gastado el esfuerzo en producir cosas ya que lo que se tendrá no se usará bien. Usar algo necesita tiempo y no tendremos tiempo para todo. Si alguien compra dos bicicletas iguales, no podrá usar ambas a la vez. Si alguien tiene tres pantalones está muy bien. ¿Pero para que tener 30? Tener en exceso supone que el la cantidad de trabajo destinada a satisfacer el exceso es mayor, sin que reporte ningún beneficio.
Y si alguien simplemente acumula el excedente -asumimos que no es el ahorro colectivo para cubrir vejez, invalidez, o catástrofes naturales- lo que hace es despreciar el trabajo amontonado su referencia abstracta con preferencia a su concreción material. El dinero sobre las cosas.
Así pues, es bueno trabajar lo justo, y en algunos casos trabajar apenas más. También es bueno ganar lo justo, y en algunos casos apenas más. Tal par de cosas establecen bases para círculos virtuosos. Especialmente en una sociedad en la que la retribución proviene de lo trabajado.
Porque si trabajando J conseguimos 100, trabajando apenas más de J obtendremos apenas más de 100. No habrá pues ni un deterioro de las condiciones de convivencia ni tampoco un deterioro en el uso del fruto de lo trabajado.
Pero nótese que la sociedad en que vivimos se basa en el nivel constante de insatisfacción. Real o imaginaria, se presiona para que se trabaje más, y para que se tenga mayor “productividad” (producir más con menos en igual o menor tiempo). Tal cosa conduce a trabajar mucho más de J, con deterioro de la vida personal y colectiva. La insatisfacción por ello conduce a que se quiera tener más cosas a fin de ahogar la mala sensación, ya que la ideología dominante no permite que veamos el origen de problema. La constante compra de objetos presiona a trabajar más, y a tener cosas que nunca usaremos. Y además a ahorrar recursos que nunca o casi nunca tocaremos. Y para que eso siga andando se deprimen los ingresos de unos para acrecentar los de otros. Con lo que los “deprimidos” trabajarán aún más para… comprar lo que necesitan, o lo que les han hecho creer que necesitan. Esa presión de mayor compra, como será compra de lo innecesario producirá basura innecesaria, y ésta es siempre un problema grave en cualquier sociedad en la que la velocidad a la que los desechos son reabsorbidos por el mundo físico es menor que la velocidad a la que son producidos.
Así que cuando te dicen, “Los salarios altos son deseables porque ellos determinan una demanda que crea trabajos menos calificados”… están justificando un círculo vicioso. Y cuando te dicen “La obsolescencia programada es deseable para mantener funcionando la máquina industrial”, también. Y cuando se te pide mayor productividad. O que seas más trabajador. Y cuando te invitan a cambiar de celular todos los años -siendo que el anterior anda aún bien. O a tener un auto privado cuando lo único que haces es ir de tu casa a un trabajo al que puedes llegar en ómnibus. A tener demasiada ropa, o tantas cosas más.
Todo eso son manifestaciones de círculos viciosos.
Por el contrario, trabajar la cantidad adecuada para cubrir las necesidades, apoyar las iniciativas que disocian el trabajo realizado de los ingresos recibidos, tener ingresos que cubren las necesidades excepto para proyectos puntuales, se eficaz pero sin desesperar por la eficiencia, no entrar en la maquinaria de la competencia económica colectiva, apuntar a la reutilización de los desechos, prolongar la vida útil de las cosas que disponemos, todo ello apunta a un mejoramiento de las cosas.
Todo eso manifiesta círculos virtuosos.
Pero cuidado: no imaginen que en tal estado de cosas van a poder vivir como una familia de una serie de televisión, o cómo en los anuncios de publicidad. Se trata de optar por la modestia en el tener y el usar. Se trata de elegir “TRANCAR la economía”. Ya que cuando se dice usualmente “la economía” se dice un cierto modelo económico como si fuese el único posible.
Y así cómo dentro del capitalismo hay más de un modelo económico -por ejemplo, no es igual el manejo keynesiano que el neoliberal aunque ambos responden al mismo sistema que incluye ambos modelos- tampoco dentro del socialismo hay un único modelo posible.
Un socialismo que apunta a desarrollar las fuerzas productivas pero NO a saturar su desarrollo, que apunta al uso tecnológico pero ralentizando la velocidad económica para permitir que los desechos no superen su reabsorsión, sería un modelo virtuoso. Consiste en aprovechar lo mejor de las experiencias de las economías que ya no son -las cámaras Zenit de la antigua URSS aún siguen muchas funcionando si usted quiere tomar fotos con rollo, ¡y tienen más de 40 años!: negación total de la obsolescencia programada. Y en ir hacia una nueva forma de entender la producción y la REPRODUCCIÓN de las condiciones de vida.

Soberanía Popular y los conservadores

“Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra presencia soberana”. Eso dijo Artigas y desde las escuela nos lo enseñan. Es una frase que implica concepciones teóricas, como casi toda otra frase que hallemos lo hace. Pero en este caso se trata de concepciones relevantes.

Artigas dice que la autoridad que él tiene parte de una asamblea popular formada por fuera de los mecanismos institucionales legalmente vigentes, y que es la presencia de esa asamblea la que es soberana. (Que algo o alguien es soberano o soberana, indica que es aquél de quién legítimamente emana el poder de dictar leyes y órdenes ejecutivas).

Artigas está apelando por un lado a la tradición filosófica en ese momento muy reciente, la de Juan Jacobo Rousseau, que decía que los hombres se reunían y establecían por esa reunión un cierto “contrato” del cuál emanaba toda autoridad política que posteriormente existiera en el estado. Yo personalmente no soy “contractualista”, no creo que la autoridad parta de ningún contrato, pero estoy indicando cuál es la concepción en la que se basaba Artigas para decir eso.

Con lo que sí estoy de acuerdo es con lo que la práctica histórica que estaban desarrollando implicaba. Había una reunión de criollos, seguramente muchos de ellos armados, muchos de ellos integrando el bastante informal ejército, y de ese grupo surgía la autoridad, que nacía y se extinguía en su so”Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa ante vuestra prescencia soberana”. Eso dijo Artigas y desde las escuela nos lo enseñan. Es una frase que implica concepciones teóricas, como casi toda otra frase que hallemos lo hace. Pero en este caso se trata de concepciones relevantes.

Artigas dice que la autoridad que él tiene parte de una asamblea popular formada por fuera de los mecanismos institucionales legalmente vigentes, y que es la presencia de esa asamblea la que es soberana. (Que algo o alguien es soberano o soberana, indica que es aquél de quién legítimamente emana el poder de dictar leyes y órdenes ejecutivas).

Artigas está apelando por un lado a la tradición filosófica en ese momento muy reciente, la de Juan Jacobo Rousseau, que decía que los hombres se reunían y establecían por esa reunión un cierto “contrato” del cuál emanaba toda autoridad política que posteriormente existiera en el estado. Yo personalmente no soy “contractualista”, no creo que la autoridad parta de ningún contrato, pero estoy indicando cuál es la concepción en la que se basaba Artigas para decir eso.

Con lo que sí estoy de acuerdo es con lo que la práctica histórica que estaban desarrollando implicaba. Había una reunión de criollos, seguramente muchos de ellos armados, muchos de ellos integrando el bastante informal ejército, y de ese grupo surgía la autoridad, que nacía y se extinguía en su soberanía.

Vale decir, la Soberanía Popular.

La concepción implica que la soberanía radica en el pueblo. Es del mismo que surge para luego ser aplicada con arreglo a leyes mediante autoridades legítimamente elegidas, y finalmente cesa ante el propio pueblo, que será por un lado quién juzgará renovando o no los mandatos a los ciudadanos a quiénes se asigna responsabilidad política; y también cesa ante el pueblo que a su tiempo cambiará las instituciones políticas en vigor.

Porque sin duda, las cosas cambian. Siempre cambian. Por lo que en algún momento las instituciones que eran adecuadas y útiles, dejarán de serlo y tendrán que ser modificadas, o cambiadas. Creo que ya nadie cree que las instituciones políticas deban ser eternas.

Pues bien, tal tesis, la de la “Soberanía Popular” está expresamente negada en nuestra Constitución que profesa la tesis de la “Soberanía Nacional”, que se le contrapone. Esa es una tesis que también parte de un pensador francés, Sieyès, quién sostenía que la soberanía no debía radicar en el pueblo, sino en la unión de este con cierto marco institucional y jurídico. Hay que considerar que Rousseau se constituyó en la inspiración de los Jacobinos (la izquierda en la revolución francesa, pero muchas de cuyas propuestas hoy diríamos son de derecha) mientras que Sieyès era un girondino, un conservador bonapartista.

La justificación que se suele dar a favor de la tesis de la “Soberanía Nacional” es que el golpe de estado de Terra fue realizado reclamando que se actuaba según la “Soberanía Popular” ya que el presidenta había sido electo por el pueblo. Tal uso del concepto de “Soberanía Popular” es sin duda errado, ya que aunque el Presidente realmente era ungido en función de la misma, la interrupción de la institucionalidad republicana no podía hacerse por una autoridad delegada de tal “Soberanía Popular” sino sólo por ella misma. Así pues, los conservadores uruguayos aporvecharon para incluir el concepto de “Soberanía Nacional” como cura contra un uso errado y oportunista del concepto de “Soberanía Popular”.

Pues bien, ahora que estamos estudiando una reforma a la constitución ¿no sería bueno cambiar el artículo 4º de la misma, y pasar a establecer la “Soberanía Popular”, siguiendo el precepto Artiguista?

Algo así como:

Artículo 4º. La soberanía en toda su plenitud existe radicalmente en el Pueblo, de quién emana y ante quién cesa. Al mismo compete el derecho exclusivo de establecer sus leyes, del modo que más adelante se expresará.

(Escrito a las últimas horas del 14 de diciembre de 2016 y primeras del 15, bajo la grata noticia de la muerte del dictador Álvarez, golpista

¿Qué es la censura?

¿Qué es la censura? No pregunto por la definición del diccionario o de un manual legal. Conceptualmente, ¿qué es?

La censura consiste no en otra cosa que en la arbitraria negación o limitación de la libertad de expresión. La libertad de expresión es la capacidad de cualquier persona para decir y difundir aquello que quiera decir y difundir. Hasta ahí parece muy claro.

Ahora vayamos a los detalles, que siempre complican la cosa, al tiempo que lo traen a la realidad.

Hemos propuesto que es la censura la negación “arbitraria”, de dicha capacidad. Así por ejemplo un juez sujeto al secreto de su actividad profesional tiene negado el poder decir y difundir lo que quiera si lo que quiere entra en conflicto con tal obligación de secreto. Y está muy bien que así sea. Esa no es una negación “arbitraria” de la libertad de expresión, sino una negación necesaria de dicha capacidad.

Así cómo hay negación necesaria, también hay limitación necesaria. Por ejemplo cuando se establece que ciertos espectáculos no son aptos para todo público sino sólo para mayores de edad.

Por supuesto no es claro y distinto siempre cuando es o no necesario el negar o limitar tal derecho. La negación es claro que solo debiera ocurrir en caso excepcionales, definidos por su generalidad en lo previo para no afectar a personas en una acción persecutoria. La limitación es bueno también que tenga un margen general, -cómo cuando se impide que alguien haga apología de lo criminal y que incite a realizar crímenes- pero muchas veces refiere a casos particulares, como si alguien específico y bien conocido hiciera uso de su acceso a medios masivos para fomentar el odio racial.

Si tal cosa ocurre, ¿no estaremos todos contestes en que esa persona debe recibir repudio social, que su acceso a ese medio debe ser limitado y que posteriores acciones judiciales habrían de seguirse?

Posiblemente los anarcos y los liberales a ultranza no. Pero con la salvedad de tales posturas el resto concordaremos. (Atención, que concordemos no hace que tengamos más razón que ellos, pero el entender porqué considero que así es nos llevaría a otro tipo de artículo diferente del que estoy intentando escribir, y que ahora se va a precisar en un caso concreto en discusión)

Un canal de televisión abierta va a exhibir una serie de origen turco en la que una niña es violada y casada contra su voluntad con un adulto. Una cantidad no despreciable pero tampoco masiva de ciudadanos nos hemos expresado en contra de tal tira. Otra cantidad tampoco despreciable ni masiva dice que estamos reclamando se ejerza una censura y que en pos de la libre expresión se debería permitir su exhibición.

Y antes de ir al punto aclaro que no soy ingenuo. Y que no se trata de si la tira es turca, o si viene de un país musulmán. Se trata de que es una tira en la que la niña finalmente va a “amar” a su violador/esposo. Y eso es lo inaceptable. Porque si en la tira hubiera una revuelta contra él, un escape, un amor ilícito con el que se evade… bien, en tal caso no habría, al menos de mi parte una protesta. Porque la trama deslegitimaría el abuso. Pero lo que hará será reificarlo.

Y sé bien que en nuestra sociedad ocurren casos de abuso como ése y peores, pero nada de eso es lo que está en discusión en este artículo

La discusión es si es o no es censura.

Y yo digo que no.

Para empezar, porque no se trata de una limitación a la libertad de expresión -que no negación- que resulte arbitraria, sino que apunta a velar por las normas de convivencia que creemos justas para nuestra sociedad. Normas en la que los hombres y mujeres de toda edad seamos tratados como personas y no como mercancías, patrimoniales o sexuales.

Ha de comprenderse que, nos guste o no, la televisión abierta ocupa un lugar social hoy equiparable al que ocupaba el púlpito de la homilía católica en el siglo XIX. La televisión dice a la gente lo que está bien y lo que está mal, y la gente se lo cree.

Por eso esta serie no es aceptable sea pasada por un canal de televisión abierta, ni siquiera si fuera en el horario en que no se protege a los menores.

No veo sin embargo que tenga sentido impedir se emita en los canales de cable en un régimen como el llamado pay per view , o pago por ver. Y me parece que eso es aceptable porque de todos modos, el que quiera hoy puede bajar la serie completa desde internet y mirarla tranquilamente en su casa. Impedir tal acceso, sí sería un acto de censura.

Es que el lugar social de la televisión abierta, es distinto al lugar de los servicios de televisión paga, y de las descargas desde la red.

Para terminar, un último aspecto. La formulación de una programación de televisión no es una cuestión de libertad de expresión. Es una cuestión de la libertad empresarial del propietario del canal de televisión.

Los contenidos de los canales se regulan de acuerdo con las expectativas y planes económicos de los dueños del mismo, y por lo tanto limitar a un canal no es limitar la libertad de expresión, sino la libertad de empresa. Otro concepto, muy distinto por cierto, por el que no siento el más mínimo aprecio.