De nosotros mismos

El derecho surge de la fuerza.

Tal afirmación suele resultar chocante, pero tras reflexionarla habremos de ver que en realidad es totalmente verdadera. Sin embargo choca con la visión edulcorada que solemos presentarnos a nosotros mismos. Con variantes la versión edulcorada es, “El derecho surge de la justicia”.

Pues no. La justicia es el puerto en al que queremos que el derecho arribe. No su origen.

Toda sociedad humana, y algunas no humanas, tienen normas y formas de autoridad. Pero concentrémonos sólo en las sociedades humanas. Las normas surgen de la autoridad, y la autoridad de la norma. Es un claro caso de un círculo que se retroalimenta.

Históricamente, las sociedades más antiguas aún no poseían un derecho, pero ya tenían reglas, normas. Las mismas solían apoyarse en el uso, o en la creencia en alguna religión. O un poco de ambos. La autoridad era la tradición. Y la tradición estaba dictada y preservada por las normas que garantían su continuidad. Círculo.

Actualmente hay muchas normas que no son el derecho. Por ejemplo, las normas de decoro en el vestir. Las mismas son muchas veces cuestionadas por unos y aprobadas por otros. Las fuentes de tales normas son por un lado la costumbre social, por otro la influencia de los medios, y también la actividad racional de cada persona. La costumbre es la “heredera” de la antigua tradición. Los medios -la moda- son una imposición de algún complejo industrial, la autoridad de la riqueza. Y el propio entendimiento refiere a la fuerza de sí mismo. Todo eso configura un tema en el que varias autoridades dictan las normas del vestir, que a su vez en la medida que resultan exitosas (para el que viste según la costumbre, para el que viste según la moda, o para el que lo hace por su arbitrio, configurando la confirmación social en sus grupos de la validez de las formas de autoridad en que se basan), lo que hacen es confirmar la validez de las borrosas y hasta contradictorias normas del vestir.

¿Qué pasa con el derecho?

En algún momento el derecho surgió como forma de limitar el ejercicio arbitrario de la fuerza por parte de algún poderoso. Sea que el más poderoso quería crear normas para que sus asistentes cumplieran sus mandatos, o fuera que los pueblos quisieran limitar la autoridad despótica, en ambos casos era el objetivo controlar el accionar de la fuerza pública. Limitar la forma en que se podía ejercer la fuerza.

Pero para ello decía lo que se podía y no se podía hacer por parte de la población. Esto es, establecía límites para el accionar de la fuerza genérica popular. La norma limitaba ambas formas de fuerza, y con ello establecía a la autoridad legítima como la forma principal de realización de la fuerza, y la única aceptable en la esfera que la propia norma describe y crea.

Así el Derecho no se constituye en cualquier norma, sino en una norma que se crea en la creación de su espacio. Surge de la fuerza -la fuerza que se limita en la acción recortada del déspota, y en la acción recortada del pueblo (doble negación)- se transforma en la fuerza de la autoridad legítima. Y la acción de fuerza de la autoridad legítima es la que expande el espacio de acción de la norma.

Autoridad y norma, retroalimentándose.

Para producir una justificación del imperio del Derecho, cuyo fin claramente es establecer el funcionamiento social -sea éste justo o injusto- los humanos hemos creado siempre discursos en cada sociedad que hablan de lo justo que es el ordenamiento vigente, o cuando queremos derribarlo, de lo injusto que es, mientras aspiramos a constituirnos en la autoridad para emitir las nuevas normas que reemplazarán aquellas existentes.

La justicia es por lo tanto una condición de justificación del derecho, pero una justificación posterior a la existencia del mismo. Parte de nuestra necesidad psicológica. Cuando hablamos de lo justo y de lo injusto no hablamos sólo de derecho. Hay múltiples justicias e injusticias que van más allá de lo regido por el derecho, que muestran como tal concepto refiere a una necesidad básica de interpretación del mundo. Performa interpretaciones del mundo.

Por eso buscamos mejorar el Derecho -todas las sociedades lo hacen, incluyendo a las que intentan no cambiarlo- para hacer el mundo más justo. Pero si creemos que el Derecho puede hacer más justo al mundo, es porque está dotado de fuerza, siendo que surge de la fuerza, como ya vimos antes.

Todo esto para entender la naturaleza general en la que Autoridad y Norma se manifiestan en el Derecho, y cómo en su realización parte de la fuerza -en otro momento habría que mostrar que dicha fuerza no es sino la fuerza del trabajo, pero eso me llevaría muy lejos en este breve artículo-.

Entonces cuando observamos que una cierta sociedad tiene un Derecho, hay autoridades designadas por y para el mismo, y existen varias formas de entender en su seno qué es la justicia, ¿qué nos dice que se busque alcanzar la justicia en el uso de un Derecho ajeno, mediante autoridades ajenas?

A mí me dice que es una sociedad que ha renunciado a su uso de la fuerza, o que ha aceptado como legítimo el uso de la fuerza sobre esa sociedad por sociedades que le son ajenas. Y que renuncia a la construcción ideológica de un sentido de la justicia que se constituya en finalidad a ser alcanzada por el Derecho.

Durante todo el tiempo que este jucio en Italia tuvo andamiento me callé estas consideraciones porque me parecía que sólo podían ser interpretadas cómo “palos en la rueda”.

Ahora, finalizado el mismo, expreso con claridad que reclamar ante una justicia extranjera lo que no puede reclamarse en la propia justicia es propio de una ideología colonizada que acepta y alaba su colonización ideológica y su subordinación práctica. Que no apunta a tomar el poder para crear un nuevo Derecho que de cabida a la concreción de su entendimiento de lo que es la Justicia.

Y cómo el fallo sólo en un caso fue condenatorio, ahora viene el berrinche.

“Nada tenemos que esperar sino de nosotros mismos” es una frase de Artigas dicha sobre otros asuntos, y que puesta en juego sin más referencia muchas veces puede implicar cosas erradas. Pero esta vez viene como anillo al dedo.


Nota: “Nada tenemos que esperar sino de nosotros mismos”, es parte de una carta de José Artigas a Martín Güemes enviada desde Purificación el 5 de febrero de 1816.

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